La Tierrita

Quizá sea un romántico excesivo, un enamorado de los paisajes repetidos, del verde abrumador y el aire liviano que se respira. Puede que sea un lugar aburrido para algunos, pero se me hace imprescindible entre mis destinos. Ir por la carretera, bordeando un río o cruzando el valle, rodeado por la montaña cargada de bosques que sin importar el clima dan un toque mágico al viaje, a mi viaje, que me absorbe al otro lado del cristal.

Llegar al campo, respirar naturaleza, sentir calma; lugares como la tierra de mi padre me hacen sentir esperanza, sentir que pese al daño ambiental que generamos, aún se puede hacer algo y podemos preservar lo que aún tenemos. Estar allá me hace creer que aún hay vida, una estable.

En la noche, el camino se muestra bajo la luz de una luna, de las estrellas, gracias al cielo puro que ninguna ciudad jamás podrá apreciar. El sendero nos guía hacia el potrero, donde una vaca que junto a su vástago desean probar de la densa cubierta del suelo. De allí, la siguiente parada es  la zona de relajación (el SPA boyacense (?)).

La pista está puesta a disposición, las piedras vuelan de lado a lado en un movimiento parabólico cuyo ángulo de disparo dependerá de su peso y la fuerza del tirador; artefactos triangulares estallan sin tomar prevenido a nadie, que entre algún grito de susto y risa se celebra el equivalente a un gol.

Es allí, estando en la banca, con una bebida de cebada en la mano, observé la iglesia del pueblo, a lo lejos, escondida entre los árboles, y me pregunté, ¿Llegarán a dejar de existir estos pueblos? Algo exagerado mi pensamiento, pero dados los estereotipos de progreso, de ciudad y de campo, me fue imposible no dejarme llevar por la pregunta; además, es muy difícil negar que cada vez se ve más una población longeva en los pueblos. Pensar en ello me dejó melancólico, qué seríamos sin el campo, qué sería de mí sin aquel lugar al cual no pertenezco pero que me acoge como si lo fuera desde que tengo uso de razón; no podría aceptar la idea de que estos municipios llegasen a quedar desiertos, olvidados.

Es irónico que una persona como yo, que digo no querer dejar la ciudad alguna vez (son ideas que pueden cambiar con el paso del tiempo) salga ahora a añorar y desear que la tierrita nunca sea la tierra de la que Vives canta. No faltará quien me diga que coja azadón, botas y me vaya pa’llá, pero el hecho de que no viva allá no implica que no sienta cariño por la tierra que busco empedernido entre la montaña cada que estoy del otro lado del valle durante el camino, esa tierra que crió a mi padre, que es hogar de mi abuelo y que es como una segunda tierra natal para mi.

Hasta pronto.

 

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