En la tiendita

Al hombre nunca se le tiene contento con nada, es algo que no requiere discusión. Sea el detalle más mínimo, por algo habremos de quejarnos y yo no soy la excepción a la regla.

Mi padre desde que llegó a Bogotá ha estado ligado al comercio. Comenzó de empleado donde su tío en el norte de la ciudad. Luego, cuando aparecí como un haz de luz (y sin pan debajo del brazo) emprendió su labor en solitario, como vocalista de banda, y abrió  su cigarrería que fue creciendo hasta ser lo que es hoy en día. Admiro demasiado su esfuerzo, y por esto siento algo de culpa al escribir este post, pero sé que no es culpa de él, sino en parte del ente que nos da y nos quita.

Desde que tengo uso de razón, la tienda ha sido casi que un hogar, ha sido el comedor para la cena de año nuevo, ha sido la sala para recibir muchas visitas,  ha sido el sofá para disfrutar eventos deportivos, ha sido el salón para fiestas y hasta alguna vez sirvió de patio para jugar (alguna vez jugamos bolos con botellas de plástico y la bodega fue muchas veces mi Campín). Es imposible no tenerle afecto a la tienda si hasta en mi destino vacacional se ha convertido.

Y es sobre ese último renglón incipiente sobre lo que quiero hablar. Las vacaciones siempre han sido una mezcla de alivio y pesadez: el placer de descansar de las actividades académicas entremezclándose con la idea de que estaré libre para ser puesto a disposición de las actividades laborales.

Recuerdo que desde quinto de primaria, mi idea de vacaciones se resumía en esporádicas idas a donde mi amigo de toda la vida, en paseos donde mi abuelo y de resto, acompañar a mi padre en la  tienda. Era algo frustrante ver que mientras mis amigos de colegio hacían nada en vacaciones, yo debía estar haciendo algo en la tienda. Debería estar agradecido de que me enseñaron a hacer algo y no nada, pero era mi nada de niño y hubiera querido disfrutarlo un poco más.

Fui creciendo y llegué a noveno, mi negra adolescencia envuelta de metal y guitarra hacía que mi único fin para el día fuera encontrar más bandas sacadas “de los mil demonios” (como las tildaría mi madre)  y soñar con sacar los solos que ejecutaban mis guitarristas favoritos. Lo triste era ver que llegado el momento este se iba. Cuando empezaba a tocar, a mi madre le parecía que eso era hacer nada y de inmediato me pedía que bajara a la tienda. Como ya era un adolescente rebelde, bajaba en son de protesta con mi guitarra y mis discos para tocar cuando no hubiera clientes por atender ni mercancía para ordenar, cuándo había que ordenar, Kreator, Exodus, Death o Deicide (entre otras bandas “endemoniadas”) amenizaban el recinto. Ahora que lo pienso, quizá eso disminuyó la venta de dulces a la hora del culto de los Testigos de Jehová, y a la vez aumentó la venta de aperitivos de dudosa procedencia.

Con el paso del tiempo y la madurez que llega con la edad (?) (Que madurez ni qué nada, eso es para las frutas), con menos resignación y más interés asumí el rol de mis descansos, el rol que mi padre tiene que asumir todos sus días, aunque respecto a ello, debo decir que no puede equipararse nuestras dos posiciones. Soy consciente de que debo ayudar, que está bien colaborar y a decir verdad me gusta, pero no me gusta siempre, y es allí donde los límites se quiebran, porque esa es la labor de mi padre, es su trabajo, yo solo puedo ser su ayuda, su mano derecha, pero no puedo ser él.

Quizá sea el peor hijo por escribir eso, no lo sé, no soy quién para juzgarlo,  pero no me cuadra la idea de que porque es la tienda deba dedicar todo mi tiempo disponible  a ella, porque es mi deber, y si no lo hago paso a ser un desconsiderado. Da igual quién me acusa de ello cuando no tengo la disposición para estar en la tienda, el hecho es que son cosas que no me cuadran y más estando yo presente en la tienda en momentos oportunos.

Quizá usted, quién se toma su tiempo para leer mis palabras no logre comprender mi idea, pero es que tampoco sé cómo desarrollarla adecuadamente. Lo cierto es que en esta historia de amor y odio, creo que son los momentos de felicidad los que ganan. Así me joda tener que resignar muchas cosas por estar allí, así por culpa de este sistema económico voraz tengamos que trabajar hasta en fechas especiales, así vea que la tienda de cierto modo nos consume, pero es ella también al que nos da, y no solo el sustento, también alegrías.

Tener negocio propio es quizá lo mejor en un país en el que no se valora el trabajo del prójimo (aunque como van las cosas, tenderemos a desaparecer con tanta competencia desleal), pero este privilegio no se ve a veces como tal desde los ojos de los vástagos que en una gran mayoría terminamos siendo esclavos del mismo, al igual que los progenitores. En todo caso, el tiempo termina por acostumbrarlo a uno.

Hasta pronto.

Pdt: Acá les dejo un recuerdito, según mi padre fue la primera pelea que tuve con un cliente, de seguro se fue echando madres porque no le fiamos y yo salí a decirle: “Deal with it, bitch”.

CAM00042[1].jpg

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s