Calamidades laborales

Tienda, tienda, querida tienda. Creo que en varios post he mencionado a nuestro pequeño fortín familiar, pero hoy quiero dedicarle una entrada completa y todo porque…. Porque tengo un mico en la espalda –literal- gracias al trajinoso día que tuve ayer y que irónicamente, me motiva a escribirles hoy.

Usualmente, la tienda es como un punto de encuentro para situaciones estresantes, que con el paso del día y el cansancio acumulado, se hacen menos comprensibles, porque la paciencia es inversamente proporcional al cansancio (?). Lo cómico del día es que sentí que todas las situaciones se pusieron cita ayer.

Todo empezó como de costumbre, tranquilo. La amabilidad brotaba por los poros, tanto los del cliente, como por los míos, el tendero; todo es amor, risas y buen trato, que su bolsita para que lleve sus dos mentas que primero eran heladas, luego de sabores y finalmente fueron masticables –Y sí, por eso piden bolsa- Que por favor más sencillito –ojalá dos de mil para irse en linche- Qué ojalá este frío. Que no veci, que mejor al clima. Que los vasos rojos. No, que blancos. No, que verdes. No que… Y así, el tiempo va pasando, yo me voy cansando y mi paciencia se va largando -ni que fuera cuerpo glorioso-

Uno siempre quiere darle la mejor atención posible al cliente para que este se vaya complacido con la atención y su compra, pero a veces se hace tan complicado tener a todo el mundo contento, que termina uno sin saber qué quiere el cliente, y el cliente sin saber si uno si lo está atendiendo. Un buen ejercicio para el cliente sería saber de antemano qué comprar, sobre todo en momentos neurálgicos de un sábado en la noche, donde a uno le toca atender de a tres a falta de uno.

Ahora, si al cliente indeciso –que en el fondo lo entiendo, porque muchas veces yo no voy a la fija, también voy a la Lerner (?)- le sumamos el afanando, que por lo general son fumadores y testigos de Jehová, ahí sí es que queda uno peor; es como tomarse un tinto hirviendo y encima echarse un raspado. Uno está atendiendo a los clientes que llegaron primero –por lógicas razones- y de repente llega fulanito, de afán, a exigir ser atendido de primeras, por encima de los demás; y como para rematar, empieza su exquisita ejecución musical, usando únicamente una moneda y el vidrio de la vitrina. ¡Qué placer! Son de esos momentos en los que me dan ganas de olvidar mi condición de tendero y pegarle una reprimenda a fulanito, para que no sea tan mamón y respete.

Y cómo a la gente le gustan los combos, las ñapitas, los encimes, pues a mí también me dan encimes, me dieron al que llega rabón, que le rapa a uno el producto de las manos y le tira la plata sobre la vitrina. No hay cosa que me empute más que eso, que me tiren la plata en la vitrina, ¡joder! ¿Por qué putas no puede darme el dinero en la mano? ¿Acaso yo destape la gaseosa y se la eché en la cara? ¿O le lancé el papel así como el que busca hacer un pase para touchdown? No entiendo por qué lo hacen, pero si me siento algo pordebajeado, cómo diciéndole a uno: “Tome escoria, recoja estas migajas”

Pues sí, todos ellos me llegaron juntos ayer, y contando con lo que es usual, el cliente que todo lo quiere frío, desde un bolsa de jugo Tangelo de 500, hasta una botella de Chivas Regal, desde una bolsa de agua hasta una botella de “chirrinchi” –Old John, Plateado, Palo verde, Niquelado, etc.- desde un chocorramo, hasta una exquisita arepa de las que cocina mi mamá para la venta. Todo, absolutamente todo lo quieren frío, es como si fuera lo único que importara, antes de pedir el producto, ellos ya han dicho: ¡Frío! Y lo ven a uno sacando el producto de la nevera y aun así le preguntan: “Si esta frío mi veci” ¡No, no está frío! La nevera no sirve, pero ya te lo estamos trayendo DE LA ANTÁRTIDA, veci 🙂 . Se hacen insoportables.

Y ni hablar de cuándo el producto no está frío. Yo entiendo que frío es mejor, a mí también me gusta la gaseosa y la cerveza fría, pero no podemos tener a todo el mundo contento y hacer del negocio un cuarto frío, sería algo costoso. Pero no es para que empiecen con frases del estilo: “Pero surta esa nevera” y más si lo dicen en un tonito de pocos amigos. Pondré un ejemplo, llega Zutanito, me pide un palo de cerveza FRÍO, veo en la nevera, alcanza y se lo doy, justo cuando sale Zutanito llega Menganito, me pide otro palo, pero que también este FRÍO, reviso, y veo que no está completo, le comento el asunto a Menganito y él acepta llevar unas cervezas al clima, cuándo Menganito se va orondo con su palo, llega Perencejo por el mismo pedido, obviamente ya no hay cerveza fría y Perencejo se incomoda, hace caras, suelta uno que otro comentario hiriente y se lo piensa un rato si llevarlo al clima o se va. ¿Qué puedo hacer yo? Si fuera mi error al no tenerla enfriando, bien, pero si fue porque otro ya se llevó el producto y las neveras del negocio son precisamente neveras, no congeladores, ¿cómo hago para complacer a Perencejo? No puedo, y más si le sumo que tengo al indeciso, al rabón, al afanado y otros más por atender, y qué es sábado en la noche, y que estoy solo, pues la cosa se me complica aún más.

Todo esto tiene un agregado que hizo de mi noche aún más exquisita, los tomadores. Por lo general, nosotros vendemos licor para llevar, y pues si llevan el producto en lata, pues con más veras se entiende que es para llevar. Pues llegaron los mismo 5 amigos de mi querido vecino –que es familia de mi papá- y compraron un six pack, oh sorpresa cuando se quedaron justo en el andén que está a la salida de la tienda, ahí sentados –y contando que eso es un problema, la policía nos ha jodido por eso- bueno, vaya y venga, tómenselo ahí, de todos modos ya me lo pagaron, pero de ahí a que me cojan de aquí pa’ allá y de allá pa’ acá pues la cosa se me vuelve una maraña de pelusa indescifrable e imposible de desenredar.

Hasta donde yo sé, el andén ya es parte del espacio público, no de la tienda, pero ellos seguro sintieron que afuera aún era mi territorio, y me cogieron ahí, que les lleve lo uno, lo otro, entre, salga, y el negocio lleno, con el afanado, el indeciso, el mal mirado, el del frío… Quedé lindo para no extenderme más. Eso sí, los sujetos se interesaron en dejar de llamarme “mono” o “chino” y me pusieron nombres, estuve desde un Carlos Andrés, hasta un Albeiro Clemente, por allá alguna luz dijo mi nombre correcto y todo fue risas, digamos que fue el momento jocoso de la noche.

Como podrán notar, no fue un día fácil, perdón si me quejé mucho. Debo decir que no todos los clientes son así, pero si usted lee mi post: esto, más que las quejas de un tendero con dolor de espalda, es una sugerencia para que sean un poco más conscientes y pacientes con uno, y poder hacer del momento de la compra algo más ameno.

No siendo más, los dejo, escuché que por ahí dijeron: “Albeiro Clemente, baje pa’ atender” Habrá que ir a atender antes de que me quede sin paga y miro a ver si de paso, dejo a este mico en su sitio, allá en la tienda, en el lugar donde se me montó. No olviden revisar sus vueltas y no pedir tanta bolsa.

Hasta pronto.

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