Descanso santo

Debe ser aburrido ser la tierra, toda redonda, dándole vueltas al sol como si no hubiera mejores cosas que hacer, recorriendo el mismo camino, el mismo tramo de elipse cada 365 días -y las sagradas 6 horas que no faltan- sin novedad alguna, sin poder esquivar más que sea un meteoro o algo por el estilo, sin poder jugar con Marte o Venus, debe ser tedioso y hasta fastidioso verse en esa posición, pero parece que algún ente por ahí ha querido acoplar dicha forma de proceder.

¡Bendita iglesia! Sagrada religión que nos brindas tus extensas letanías, tus aburridos y repetitivos evangelios, la misma predica y el mismo rosario cada tarde, cada semana, cada mes, cada año. Que haríamos sin este modelo planetario, monótono, fastidioso, que se pone -se sacrifica- en esta condición para mostrarnos lo que esta tierra hace por nosotros. Yo, sin ser muy creyente, lo único que le reconozco a la iglesia es la ardua labor por darnos días de descanso tan seguido, por cada santo canonizado por el cual, en este país LAICO, se da sagradamente al menos un lunes festivo al mes -maldito sea el mes que no tiene lunes festivos (?)-

Pero esos lunes festivos, resultan ser tan pequeños al lado de la denominada “Semana Mayor”. Qué sería de nosotros, los insurrectos, las ovejas negras, los que no vamos a misa ni una vez al año pero que rezamos para que la semana santa llegue pronto, qué sería de nosotros sin esta semanita de reflexión, en la cual botamos todo a la mierda -literal- y solo nos acordamos de los trabajos en aquel domingo en el que todo resucita, desde el Cristo crucificado, hasta los trabajos Apostólicos, Spivakianos y Dorronsorianos.

Bueno, aunque a decir verdad, vivo agradecido de la semanita de receso desde el momento en que mis padres vieron que Semana Santa era un oasis en el desierto post fin de año –porque eso si, después de fin de año, la mayoría de la gente queda debiendo hasta el agua pal sancocho- haciendo que el primer trimestre del año sea duro para el comercio. Como la gente es muy católica, muy entregada a su fe -esa de bajar la hostia con aguardiente porque el padre no le echó vinito- pues sagradamente los demás comerciantes no abren en día santo, y es ahí donde entramos nosotros. No más lavatorio de pies, no más ultimas cenas -que no veo el día en que en verdad sea la última- no más viacrucis, procesiones, calvarios, tormentos, vigilias y sermones de las mismas 7 palabras que ya todos sabemos pero que no me quiero acordar (?), nada de eso, porque “no solo de pan vive el hombre”, también vive de granos, de bebidas, de embutidos, de lácteos, de chucherías, etcétera, etcétera, etcétera, y nosotros, como buenos samaritanos, les brindamos en día santo lo que podamos a nuestros clientes.

No se trata de codicia, se trata de supervivencia, el pan no va caer del cielo -ni mucho menos debajo del brazo del niño que llega-, para subsistir en esta sociedad depredadora y ambiciosa, pues le toca a uno aprovechar los días buenos, para subsistir en los malos. Es por eso que ya no vamos a misas de semana santa -o bueno, ya no voy porque me sacrifico para que mis padres vayan a sus letanías- y en cierto modo, la semana santa se hace más llevadera, en la tienda, con música, con libros, con películas y porque no, con Dante’s Inferno y Diablo III en las noches, para reflexionar muy bien cómo avanzar al siguiente círculo infernal o al siguiente acto.

Por eso, en cierto modo, agradezco a la iglesia por estas monótonas celebraciones que nos hacen dar un alto en el camino y sentir la paz, ya sea la del señor Dios en el que creen, o la del descanso sagrado que todo hombre merece. Eso sí, es triste que sea solo una semana, porque a veces uno siente que no basta con eso no más, pero bien dicen por ahí que: “No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista” , sería traumática una semana santa  más larga, es más que suficiente con esos curas que tienden a emocionarse mucho con el sermón y duran horas y horas hablando de las bondades de cristo, bueno, en realidad habló por los que van y se quedan dormidos haciéndole contra peso a las columnas de la iglesia, y eso, porque uno que ni va, de qué se preocupa, pero no hay que pasarnos de conchudos, una semana está bien.

Ya contados mis pensamientos de buena fe, paso a despedirme tristemente, porque justamente se llegó el dichoso domingo de resurrección, el apocalíptico día en el que la semana mayor pasa a ser olvidada y aquellos trabajos, cremados en plano viernes ‘pre-semana santa’ resurgen de las cenizas para recordarnos que “no todo el año va a ser carnaval”.

Hasta pronto.

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