La luz perpetua

Se podría decir que el año empezó con algo de tiniebla, nunca es bueno ver en los obituarios el nombre de algún familiar, pero bien dicen que la muerte no avisa, no podemos decir: “Que la muerte espere”, no tenemos cómo hacerlo, simplemente llega y golpea, y así, sacudió a la gran familia por parte de mi padre. Una tía materna fue la victima de las temibles y respetadas (por la mayoría de usuarios de esta vida) garras de la muerte. Ya era de edad, pero para el afecto eso no importa, bueno, para el afecto de sus más allegados, a uno le pesa, pero ante las distancias, el tiempo compartido fue realmente corto y no se llegó a concluir un vínculo realmente claro, aun así, había que acompañar a la familia (y reencontrarse con las primas con las que hace tiempo no me veía (?)).

¿Lugar?, ¿nombres?, eso no importa. Se sintió el frívolo ambiente mientras las exequias, la tradicional “misa” (no sé si tiene otro nombre la celebración eucarística que se realiza en un caso de estos), se guardó silencio mientras un doloroso “Ave María” era ejecutado por un violinista, y hasta se alcanzó a aguar el ojo en el momento del último adiós. Después, como cosa rara, había que despedir al muerto, y hasta no digo que no, se pasó bueno, pero allí no se centra mi historia, se centra en algo más (mucho más cercano a mi).

Finalizado el entierro, aproveche para dar una vuelta por el cementerio (y bien grande que si es), dándome a la tarea de buscar la tumba de mi padrino, muerto ya hace varios años. Llegado allí, fue algo triste para mí, recordar ese momento que quizá ha sido el más marcado en mi infancia: yo, llorando sin tregua por mi querido padrino, aquel que tanto me dio en tan poco tiempo de mi existencia (para ese entonces), yo, tan pequeño pero consiente de que sería la última vez que lo tendría tan cerca pero a la vez tan lejos, mientras descendía, en una fosa que ni mis lágrimas podrían rellenar. Así como yo, algunos primos también vivían su propia tristeza (pues el cementerio tiene una buena parte de la familia enterrada en sus haberes), cada uno vivía su propia pasión, sin llanto, solo con el sentimiento personal de cada uno, que tan solo una mirada podía demostrar. Sentados, en el césped, quién sabe a cuántos metros encima de algún fulano también enterrado allí, disfrutando de una tarde veraniega en la capital, recordé algo que en definitiva me marco.

Entre tragos y música, estábamos recibiendo el año nuevo (este, el mismito que canta y baila) cuando de repente, el reproductor de música lanzó al ruedo una canción de “Los Rayos”, inmediatamente, a mis padres y a mi tío, se les dibujo uno sonrisa en el rostro, estaban tan alegres (y no era la primera vez que esto ocurría) y hasta esa dichosa madrugada de año nuevo, entendí  el por qué. Resulta que era el grupo favorito de mi padrino. Entre corridos (porque una vez llegados a “Los Rayos”, la única variante posible serían “Los Tigres del Norte”, el otro grupo predilecto de mi padrino) y carcajadas, la cantidad de historias, de anécdotas sobre mi tío fueron increíbles, divertidas, alegres. En ellos se veía la alegría al hablar de él, era sorprendente, y lo más increíble es que siempre que habíamos hablado de él, siempre hubo buenos recuerdos, nunca hubo una historia triste ni un mal recuerdo de él, la única diferencia radicó en que por fin había detallado este hecho.

Ser recordado siempre con alegría, con una sonrisa más que con una pena, me dije: “Qué bonito hecho, quizá no fue un ser brillante, pero sin duda, nos marcó, dejó su huella, dejó parte de su vida mezclada con la nuestra, para así vivir entre nosotros, que bonito debe ser que cuando uno ya no este, los que se queden lo recuerden de igual manera como se recuerda a mi padrino”. Me pareció algo gratificante, y más porque yo en ocasiones, siento un nube negra en mi interior que me hace recordarlo con tristeza por el momento de su partida, y no con alegría por las vivencias compartidas, quizá mis padres y mi tío también les pese, pero hubo cosas que fueron más que la tristeza, y ese es el recuerdo que en ellos hoy prevalece.

Me levante, y no pude evitar volver a ir a la tumba, mirar la pálida lapida, y soltar una tibia sonrisa, extrañando el hecho de que ya no este, pero sintiendo y dando cuenta de la gran persona que fue y los buenos recuerdos que nos dejó.

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