“Siga que ahí hay más espacio”

Bogotá es una ciudad hermosa (para mi gusto). ¡Me encanta!, éste es mi lugar de origen y al cual se remite la mayor parte de mi historia. Quizá tanto chovinismo se deba a que la mayoría de lugares que conozco se remiten a viajes imaginarios que realizaba al leer el atlas que tuve en mi infancia (“Países del mundo” se hace llamar) y también a que no somos millonarios para que en vacaciones me llevaran a conocer medio mundo mis padres (y no digo que sólo los millonarios pueden conocer el mundo, pero si son los que se pueden dar ciertos lujos). Tanto amor desbordado por mi ciudad se ve opacada por una nube oscura, densa, impenetrable, es como esas nubes que asoman por los cerros orientales y que auguran diluvios bíblicos sobre la urbe, y esa nube aparece cuándo toca salir a hacer vueltas.

En Bogotá fallan muchas cosas, pero la movilidad es la madre de todas las desdichas en esta ciudad. Y es que en la calle, detrás de la cabrilla (o más atrás, en calidad de pasajero, como nos toca a muchos) se pueden ver tantas atrocidades que demuestran las negligencia de nuestros dirigentes, la poca ejecución y planeación de proyectos y para rematar, la poca cultura que tenemos como colombianos (quisiera hablar solo de bogotanos, pero como esta ciudad es una mezcla heterogénea de individuos salidos hasta de los lugares más recónditos de tierras nacionales, es imposible solo mencionar a los rolos).

Mis leves sospechas me indican que al parecer (nada demostrado) a la mayoría de los conductores de acá, el pase se lo dan al momento de sacar la tarjeta codensa, sacar un préstamo o abrir un CDT, o también por instalar la nueva TDT en casa (no digo que por destapar polas, porque uno como tendero sabe que los desgraciados de Bavaria no regalan nada), lo cierto es que la calidad de conductores no la tienen ni jugando Mario Kart, hay unos que se salvan (jugando al Mario Kart, claro está…(?)), está bien, no todos son malos conductores, pero son tan pocos que podrían estar en peligro de extinción.

Pero bueno, no hablemos de automóviles pues lo máximo que tendré  en carros es mi colección de Hot Wheels (lo curioso del caso es que la colección de carros se resume a un carro, el que conducía el experto en Mario Kart). Hablemos de buses. Ah, que exquisitez, lo único que puedo decir que es bueno de los buses es “Romeo y buseta” (y eso porque la están repitiendo en señal Colombia). El servicio es en ocasiones tan degradable con el pasajero, he tenido episodios en que los desgraciados conductores insultan y amenazan al pasajero, es realmente tétrico, además de que si les hicieran una prueba de conducción en servicio público, ellos sacarían cero (cero es un premio). Digamos que uno lleva afán y le conviene que el conductor sea un atarbán con ínfulas de Juan Pablo Montoya, pero sus astucia se puede resumir a algo geométrico: está claro que la suma de dos lados de un triángulo es mayor a la longitud del lado restante, y los conductores a veces optan por irse por los catetos teniendo como ruta la hipotenusa, ellos dirán: “-Ahhh, pero es que ese trancón”, lo que no ven, es que como ellos, todos aplican el mismo principio “minimalista” de ruta y tiempo, y lo que en su momento era una autopista del atajo termina reducido a un embudo sin salida.

Pero cambiemos el chip, sale arco iris, entra rojo, si yo le pregunto a alguien si conoce la ruta SE-10, seguramente me dirá: “-Pero qué es esa weba”, pero si hablamos de Transmilenio, esas ya son palabras mayores y conocidas. Transmilenio de por sí me parece un servicio más humano, más  consciente, más SERVICIO, de hecho me hice a un manifiesto en el cual me convencí del por qué es mejor el Transmilenio. Pero aquí ya fallan varias cosas, porque a pesar de que el conductor no es un atarbán (no he tenido el gusto de conocer al primero), la misma gente, el usuario y los operarios, además de los duros, los que planean ruta y roban plata, se tiran el sistema que de por si fue ese niño prematuro no deseado. Tras de que el servicio tiene menos planeación que una gallina en intento de fuga, los tiempos de las rutas parecen calculados con distintos usos horarios (por eso de la globalización y el querer parecernos a los de afuera) pues se desesperante esperar y esperar la ruta de uno, mientras ve que la que va para otro lugar (por ejemplo, la mayoría de “haches”) pasan cada dos minutos (una vez duré hora y media esperando el maldito bi-articulado que me llevara al portal el dorado, y  creo que eso puede ser rápido comparando más casos). ¿Cómo carajos un servicio que tiene su propia vía puede ser tan lento en ocasiones?, debe ser porque aplicaron el mismo principio “minimalista” que los buseteros.

Bueno, por lo menos en el caso del Transmilenio no es el señor conductor quien aplica el famoso “siga, siga, que allá hay más espacio”, aquí son los mismos usuarios, quienes en su afán por llegar a casa (o a donde quiera que vayan), buscan romper las leyes de la física queriendo hacer que dos cuerpos ocupen un mismo lugar en el espacio. Son estresantes (además de sofocantes) estas situaciones. Además que no falta el malp… colon que arruina toda tu espera en la estación y puede ser hasta capaz de quitarte ese espacio que estaba destinado para ti. Y saber que lo más triste no acaba en llegar al portal, pues la batalla por coger esos intermitentes buses verdes conocidos como “Alimentadores”, es digna de un especial en Animal planet, allí se demuestra que el respeto se nos fue con nuestros desechos al río Bogotá y lo que predomina es nuestra poca educación.

No quiero hablar de los taxistas, pobre ellos, ya tienen suficiente con el costoso y confortable UBER, además, no tengo plata para andar regalándosela a las tarifas amarillistas de estos sujetos.

Bogotá es tan linda, que ahora estoy obsesionado por un cicla, sé que le conocería más, me haría un bien (si no sale un troglodita a robármela) y sin duda alguna, me evitaría todo el estrés que conlleva salir a cualquier lado en Bogotá, así que cicla, por ti voy, además, subiendo a la MACA, me hago digno merecedor de un maillot de lunares, la madre si no. Por ahora los dejo, porque como no soy rico, toca laburar en un rato para poder pagarme la cicla.

Hasta pronto.

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