Mateburros

No sé en que andaba pensando, que ocurría en mi cabeza cuando decidí. Sé que tuvo su parte el tiempo y la presión, el ver que todos los titulares se lesionaban y solo me quedaba el suplente número uno, el que siempre estuvo allí, pero que nunca me plantee seriamente usar. Bendita la hora en la que decidí estudiar matemáticas. Quizá andaba pensando en las pelotas del gallo (como decía justamente mi profesor de matemáticas en séptimo), pero que horror, ese fue el gallito de los huevos de oro, solo que este oro poco me está gustando.

Y es que para ser matemático se necesita más que ingenio (la chispa adecuada) y disciplina, para esta vaina se necesita también un autoestima altísima, optimismo, moral, todo lo que a mí al integrarme no me da. Y es que la matemática es capaz de sorprenderte, maravillarte, para luego patearte las bol…. golpearte muy fuerte y desanimarte a tal punto que quieres tirarlo todo por un agujero negro. Es algo del tipo de la “Super Shot”, la de salitre mágico, solo que cuando te desciende es como América, no te vuelve a ascender.

Digamos que de todas mis ideas… ninguna era muy seria. Me gustaban varias cosas, pero no sabía qué hacer. El gusto por la música era brutal, pero lo tan poco valorada que es en este país de mie…querido me llevo a dejarlo de lado ante la presión que me estaba generando (bien genio, y decidiste una ciencia que es tan pero tan respetada y valorada en este…querido país). Lo cierto es que siempre me imagine ser como un Malmsteen, un Becker (pero sin el triste final), o por supuesto, un Friedman (él sí que es mi favorito), pero al ver que las posibilidades económicas no daban, y mi método de aprendizaje empírico no me alcanzaría para la distrital, empecé a enfocarme hacía la nacho, a lo clásico. Carcassi, Leo Brouwer y De Lucia empezaron a ser mi pan de cada día, pero todo se vino al piso cuando la Nacional decidió no abrir convocatorias para música ese semestre (gracias, mil gracias Nacional).

Como el tiempo es impaciente, yo debía decidir ya, y mi otro gusto era bastante diferente, el periodismo. Si bien es cierta la reputación que mantiene esta carrera, la de los vagos en muchos casos (y de las niñas que buscan casarse algún día con el director de noticias o bailar ras tas tas en una tarima), yo quería estudiar comunicación social para llegar al punto de ser periodista deportivo. Y es que la frustración de no haber sido futbolista fue tal, que éste término siendo mi desesperado sueño para estar cerca de ese sueño frustrado (aunque ser técnico también debe ser buenísimo, lastima los madrazos cada fin de semana, o mejor, cada fin de partido). Lo más triste es que a estas alturas de mi vida, entiendo más a que jugó Scolari y su Brasil de medio pelo durante todo el mundial, que todo el sistema de axiomatización de Zermelo-Fraenkel.

Lo cierto es que ni música, ni periodismo (y ninguna de las otras locuras que no mencionaré), termino siendo matemáticas, y todo por qué, porque las opciones se acababan y aun habían cupos en ésta carrera. Lo más triste es que según un estudio realizado (que estudio ni que ocho cuartos, o cuatro medios, o dos), la mayoría entró así mismito como yo, a puro descarte, se fueron chamuscando las opciones y quedó… MATEBURROS… digo, MATEMÁTICAS.

En este momento ya no depende solo de mí tomar una decisión, porque esto debe ser como una relación en la que se buscaba solo sexo y después se fueron involucrando sentimientos, y duele saber que no va a funcionar aunque se quieran. Lo terrible en mi caso es que no fue una relación, fue una orgia, y ya no están solo mis sentimientos involucrados, ya mis padres también tiene su fe puesta en las matemáticas y en mí, y la presión es peor que la de la canarinha en el mundial. No sé si seguir en esto que se ha vuelto una especie de calvario en el que no sé si al final me graduaré o me crucificarán, o mejor poner la soga, y de una vez ahorcar al yo matemático.

Esta carrera no es para cobardes, y la verdad, yo no me destaco por valentía (tras de cotudo y con paperas), mi vida se podría ver representada en el español promedio que el fantástico Goyo Jiménez describe en cada monólogo (y lo digo porque soy de los que se asustan con ver un montón de ropa sobre la silla). Mi optimismo y fe en mi tiene pendiente negativa, mi moral después de cada semestre tiende más a cero y el conjuntos de ganas por seguir esta que intersecta con el vacío. En teoría no voy  ni mal, voy  como el estudiante promedio que tiene chances de graduarse algún día (algún día…), pero el camino se me ha puesto muy tortuoso, siento que no doy más, siento que fracasé.

No tengo duda de que estas han sido mis peores “Vacaciones”, y todo porque debo decidir, decidir si me independizo de la matemática, de ésa universidad, y de paso de mis padres y ésta casa porque el drama será peor que en los shows de Laura Bozzo, o seguir, seguir y mirar que pasa, con ganas o sin ellas, solo mirar, solo tirar un canita más al aire.

No los agobió mas con mis pelotudeses, me voy  que esta larga noche que me espera, Doña Matemática está en la cama para tomarme como Rasputia toma al pobre y débil Norbit noche a noche (y yo con estas ganas de hacerle firmar el divorcio), me voy antes de que venga y me lleve de las patas.

Hasta pronto.

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