Más luz de la normal.

Hoy no era un día cualquiera, hoy era un día más que trascendental (y no precisamente por la final del mundial, aunque también es importante). Un hecho cambaría nuestras vidas (bueno, decir nuestras…, la de él, más bien. La mía un poquito), mi mejor amigo cuyo nombre no voy a mencionar iba a ser papá, increíble para mí, pero cierto.

Cuándo me entere que el parto estaba programado para hoy, no tuve ni la más mínima duda de que debía ir, quería ir. Si asistimos para la partida de una vida, nos congregamos en velorios y entierros, ¿por qué no hacer lo mismo cuando esta vida llega, por qué no hacerlo para una nacimiento?, y más si este es el nacimiento del hijo de ese amigo con el que he crecidó y al cual  le considero como un hermano. Acontecimiento imperdible.

Me levanté muy temprano (para un domingo, 6:30 am es muy temprano) y me alisté para salir a la clínica X (X porque ni idea de su existencia, ni que fuera la enciclopedia clínica de Bogotá). Mientras me dirigía al lugar en Transmilenio (porque de Engativá ya no existen más rutas),  las preguntas me surgieron por montones, ¿Qué debía decir?, ¿Qué se debe hacer en un caso como estos?, no llevaba un libreto preestablecido (ni que mi vida fuera una novela), pero lo triste es que todo lo asimilaba como un velorio, todo debía ser muy discreto, silencioso y respetuoso (lo único que me faltó fue el traje negro). Pero no, me dije: ¿Cómo puede ser así?, ¡es un nacimiento!, así que me hice de tripas corazón, y puse mi mejor cara (como si tuviera mejor cara el mandíbula éste).

Todo lo había pensado en pro de mi amigo y la familia de mi amigo, ¿pero la familia de la novia de mi amigo?, ¿Qué carajos iba a decir de este barbado desgreñado totalmente desconocido?, ya había pensado en algo, iba a decir algo como: “-Soy el hermano perdido que acaba de llegar de Yugoslavia” (nótese que todo esto debía decirlo en un tono como si hubiera perdido el acento colombiano), y ante la eventual pregunta: “-¿pero si Yugoslavia ya no existe?”, tendría que empezar a poner en tela de juicio la existencia de cada uno de ellos (maldito Kusturica y Unamuno, con estas ideas pendejas que me hacen crear). Por suerte no había familiares de ella y no tuve que asumir las vergüenzas que mi penosa historia me hubiera hecho pasar.

Cuando llegue a la clínica, me tomo por sorpresa que todos estaban afuera, todos toditos todos, desde conocidos hasta completos desconocidos que iban por otras futuras madres (o madres en busca de aumentar su experiencia). Sólo podía entrar un acompañante por embarazada, y pues ante la falta de astucia, ante la poca chispa de abejísmo nacional que tenemos, ninguno intentó colarse en las instalaciones y mucho menos mi amigo iba a quedarse como pelota y champiñón dentro de la clínica sin poder ver a su amada, así que todos esperamos afuera.

La mañana fue lluviosa, algo tensa y plagada de nervios al comienzo, pero logre de a poquitos disipar esos nervios (yo siendo el alma de la fiesta, bien campeón). Lo cierto es que terminamos riendo con cada circunstancia que pasaba. Caminamos, esperamos, preguntamos por la futura madre, y disfrutamos esta nerviosa pero dichosa espera.

Ante las dificultades que había allá adentro (pues un parto no es fácil), y ante la poca paciencia que tiene el tiempo tiene para nosotros, ya había que almorzar y recordé que tenía otro parto que atender, ese largo embarazo de 48 meses que justo hoy también daban a luz alemanes y argentinos.

A fin de cuentas tomamos camino con mi amigo, él se fue a almorzar a su casa para luego volver con el nacimiento de su hijo, mientras que yo volvía a mi casa a almorzar asado con cerveza alemana.

A eso de las 4:40 pm yo aún no había visto dar a luz al niño que Alemania terminaría por recibir, pero mi amigo si había recibido ya su regalo, una alegría inmensa para todos, soy tío putativo (porque de sangre ni en el rojo congeniamos), y a pesar de que no tenga velas en ese entierro, siento ya que a esa niña la quiero. Y mejor me voy porque ya me agarró este sentimentalismo fugaz.

Hasta pronto.

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